Él recorrió kilómetros para llegar a ella. Dejó de lado la distancia, la edad, la responsabilidad. Quiso ser niño de nuevo, recobrar su juventud perdida, yacer con la doncella. Charlas extensas, hicieron un Streep-tease, entregándose a lo nunca conocido. Palabras hundidas en la espuma de la cerveza, perdidas en el aroma embriagador del vino, reluciente entre las copas que dejaban ver parte de los rostros, cada vez más cerca. La respiración acelerada hacía ladear el fuego de las velas y el espacio parecía moverse, sensualmente, con el juego ondulado de luces y sombras. Las copas se chocaron y tras ellas, los labios se unieron, el labio inferior con el superior y las lenguas se adentraron en la otra boca, la deseada, la que buscaba ser devorada. Finos y relucientes hilos de saliva sobresalían cuando las bocas se entreabrían, para dejar entrar el aire y no morir de asfixia. La voz de él, tan suave y frágil que llegó a parecer femenina, se introdujo en la escena:
- ¿Dónde estuviste este tiempo? ¿Por qué tardaste tanto en llegar a mí? Hubiera deseado que vos fueras la madre de mis hijos.
Ella, confiada, reluciendo su fuerza y femineidad, simplemente rió y dijo:
- Aún estamos a tiempo.
El cuerpo de él se encimó sobre ella y no hubo rincón que no fuera besado y alabado. Las sábanas se marearon entre los cuerpos entrelazados, que giraban, poseídos por amor, por aquella enfermedad tan seductora. Ella dejaba los modales por el instinto y se movía junto a él, rogando que no se separara, que viviera adentro suyo, que la vida fuera un orgasmo permanente. La transpiración parecía incandescente, cada orgasmo dejaba su marca en la cama, los gritos se agudizaban y eran acompañados por un temblor placentero y cansador.
Las velas se apagaron, el amanecer despertó y los cuerpos, encimados, cayeron en el sueño. Cuando los ojos se entreabrieron, y el beso con el “buen día” fue el cierre del éxtasis, las ropas volvieron a sus cuerpos y era momento de despedirse. Ella sabía que siempre lo tendría, aunque él no lo supiera, pues dentro suyo quedaban sus restos, que esperaban ser fecundados.